Literatura Extranjera

diciembre 28, 2008

DON QUIJOTE DE LA MANCHA

Filed under: Cervantes,Renacimiento — Miguel Gabriel Rodriguez Jaritz @ 10:31 pm

quijote_clasicoEs el protagonista de la novela y constituye un consagrado mito de la literatura universal, y el más universal y profundo de la literatura española. Cervantes lo concibe, en su aspecto más externo, como herramienta para ridiculizar los libros de caballerías, cuyo género, ya superado en la época en que vivió el gran novelista español, provocaba particulares prevenciones estéticas en el autor, que veía tales obras como disparatadas, inverosímiles y escritas con un estilo falso e innecesariamente ampuloso. Esta posición didáctica justifica la actitud cruel y burlesca adoptada por el autor, imponiéndose el personaje de tal modo a su función parodística que se lleva de la mano a su propio creador haciéndole enorgullecerse de haberle dado vida y no perdonando en la Segunda Parte a Avellaneda por haberle querido usurpar su paternidad.

Al representar en su locura al viejo héroe de aventuras caballerescas que fracasa fuera de su ambiente y de su mundo, el profundo humorismo cervantino resuelve la situación con un auténtico sentimiento trágico que palpita imperiosamente bajo la vestidura cómica de la novela. Don Quijote es el prototipo del hombre bueno y noble que quiere imponer su ideal por encima de las convenciones sociales y de las bajezas de la vida cotidiana, actuando a modo de redentor humano de una prosaica realidad que todos los días le hiere y ofende, erigiéndose campeón de las más puras esencias del amor, el honor y la justicia. Su mismo peregrinar por los polvorientos caminos de la tierra manchega, entre mesoneros, arrieros y esbirros, en lucha con la realidad dura y mezquina, contribuye a su profunda simpatía humana, aun con sus equívocos y extravagancias. Alonso Quijano, convertido por sus sueños en don Quijote de la Mancha, es ante todo un hombre de carne y hueso, y así, y precisamente en virtud de su misma humanidad, penetra en el mundo de lo universal y de lo simbólico.

Era un hidalgo campesino “de los de lanza de astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor”. Su historia empieza en la edad crítica de los cincuenta años, cuando, como decía un humorista contemporáneo, los hombres se enamoran de las sirenas. Tenía recia complexión, “seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza”. Un leve recuerdo de afecto juvenil le hace acordarse de una muchacha de El Toboso, a la que automáticamente convierte en su Dulcinea o dama de sus pensamientos. Sus rasgos físicos y su alucinada “triste figura”, cargado con las viejas armas que porta en sus huesudos miembros, le rodean de un áurea de heroísmo que se sobrepone irremediablemente a la caricatura. Es una interpretación irónica del mundo caballeresco que Cervantes conoció y amó. Existieron casos reales de locura que pudieron sugerir, exteriormente, la idea del gran protagonista de la novela. Se ha pensado en varios personajes apellidados Quijada, como por ejemplo don Luis Quijada, secretario de Carlos V y preceptor de don Juan de Austria, que tenía unos rasgos curiosamente coincidentes con los quijotescos, o un pariente de la esposa de Cervantes que llevaba aquel apellido; Zapata, en su Miscelánea, refiere el caso de un caballero que enloqueció y que quiso imitar las aventuras de Orlando, como ocurre en el Quijote de Avellaneda, y cuya demencia se explica como una tara hereditaria.

Don Quijote en su primera salida va solo contra el mundo, aunque posteriormente su necesidad de una figura que a la vez le sirva de contraste y le preste su hermandad se cubrirá con Sancho Panza, que a partir del capítulo VII será es representante del buen sentido, el reclamo a las cosas de la tierra, y que si alguna vez frena la fantasía de su errante señor, otras la deja más profundamente abandonada a su primera e infantil humanidad. Desde entonces Don Quijote y Sancho permanecen unidos y opuestos, hermanos pero a la vez jerárquicamente distintos, dentro de los cánones de la variedad y el claroscuro barrocos. Esta unión provoca una doble corriente de mutuas influencias que perfecciona y humaniza la unión de las figuras extremas que mejor han encarnado el idealismo más desenfrenadamente puro y la realidad más simpáticamente limitada y doméstica. Don quijote irradia esplendores de su grandeza, en contraste con la técnica del humorismo, desde su primera salida solitaria por los campos de la Mancha, durante el duro mes de julio, presentándonos las imágenes de su investidura de caballero en la venta, entre arrieros y mozas del partido, y de las brutales palizas que sufre de parte de maldicientes y arrogantes, montado en su seco y estilizado Rocinante. He aquí a don Quijote, hermano nuestro y símbolo de amor y de justicia que se enfrenta contra los eternos castillos españoles que son los molinos de viento, consolidando uno de los mitos literarios más arraigados.cervantes

Estas imágenes nos contrastan después con su espíritu doctrinal, cuando habla a los cabreros o cuando proyecta su sombra de místico ante la mesa de una venta, entre soldados, nobles y artesanos, exponiendo, en el discurso de las armas y de las letras, la teoría de las dos Españas del siglo XVI, las dos posiciones del tiempo de Carlos V: la heredada de don Juan de Austria, el héroe de Lepanto, y la de la burocracia escolástica y teológica del enlutado Felipe II. En la oscuridad de la noche se destaca su figura, entre las antorchas de la aventura del muerto, sugerida quizá por el traslado a Castilla del cadáver de San Juan de la Cruz. Así se aproxima la divina locura del más poeta e iluminado de los místicos españoles con la locura humana del más justiciero y casto enamorado de los caballeros. Su figura oscila entre el dolor de los palos de los arrieros y de los segovianos, las befas de los duques superficiales y la victoria sobre el Caballero de los Espejos, en los campos más verdes y floridos o en la doble luz de ficción y novela de las figuras de retablo de maese Pedro.

Además dejará la doliente grupa de su buen caballo de carne para montar a Clavileño, el cual le transporta en su fantasía, por encima de las nubes y de las estrellas, como un nuevo Pegaso del soñador de las más bellas ilusiones, al igual que también penetra en las entrañas de la tierra para descubrir los alocados secretos de la novela de la cueva de Montesinos, juntamente con la obsesión por el encanto de Dulcinea.

Precisamente porque es un hombre concreto, tanto en su magistralidad como en sus aspectos grotescos, don Quijote puede elevarse a la categoría de símbolo y mito literario. Los aspectos personales de don Quijote aparecen, en función de la novela en que se hallan, de maneras distintas en sus dos partes.

En la Primera, se combinan los episodios que de un modo directo se refieren a las dos figuras centrales y que en gran parte son los más famosos, como mito literario, de toda la obra – molinos de viento, rebaños de ovejas, aventura del muerto, conquista del yelmo de Mambrino, liberación de los galeotes, acontecimientos diversos en la venta, etc. -, y luego una gran variedad de temas que se insertan de forma ya indirecta y completamente lateral y extraña. Esos episodios no son sino un resumen de todos los géneros novelescos que estaban de moda: el pastoril, el amoroso a la manera italiana, el morisco, la “novela ejemplar”, etc.

En la Segunda Parte será el mismo Cervantes quien nos dice que el lector, indudablemente con penetrante intuición, preferiría las hazañas y las conversaciones de don Quijote y de su escudero a los demás asuntos, apenas relacionados con ellos como la intervención de los protagonistas, por ejemplo, en las bodas de Camacho, donde se cae de lleno en la misma línea de la acción, con la que se enlaza en la forma más natural. Una vez alcanzada la cumbre de la madurez, el novelista disfruta presentando a don Quijote tanto en episodios triunfales, como en la victoria sobre Sansón Carrasco, bajo la apariencia de Caballero de los Espejos, o en la aventura del carro de los leones, como en la suave intimidad de la casa del Caballero del Verde Gabán, o al recoger la rebelión del personaje ante su falso autor Avellaneda.20041106elpbabart_1

Podemos observar cómo, hacia el final de la novela, va triunfando el “quijotismo”, en la manera de ser de Sancho y en toda la inmensa red de aventuras del capítulo de los duques, donde el mundo caballeresco se impone en la vida y en los sentimientos, con la simulación de la burla, con lo que se constituye una formidable puesta en escena de toda una sociedad que entra en aventuras y puebla campos, castillos y aldeas, de ínsulas, cabalgatas y seres fantásticos y grotescos.

Además, en toda la Segunda Parte en general se observa una evolución hacia la cordura de don Quijote desviada por la propia fantasmagoría construida a propósito en los episodios de los duques. Vencido el protagonista en Barcelona, la novela termina con el dolor de la peor derrota que sufre el caballero errante y su angustioso regreso a su aldea, recobrando la razón en su lecho de muerte. Entre la Primera y Segunda Parte que realmente escribió Cervantes apareció el segundo tomo del Ingenioso hidalgo don Quijote… del licenciado Alonso Fernández de Avellaneda. Cervantes se disgustó mucho con la usurpación y con el tono de desdén empleado por Avellaneda en sus observaciones, y, en el prólogo de la Segunda parte y en los capítulos finales, satirizó muy duramente al autor apócrifo que se ocultaba bajo un seudónimo. El Quijote de Avellaneda no deja de ser una vulgar falsificación de la concepción fundamental de la novela, convirtiendo a don Quijote en un carácter brutal y monomaníaco, carente de flexibilidad y gracia.

Sus contemporáneos sólo comprendieron a don Quijote en su aspecto más superficial y cómico, si bien el Romanticismo, especialmente el alemán, valorizó el tipo de don Quijote interpretándolo como un carácter humanamente melancólico y de profundo contenido filosófico.

SANCHO PANZA

Figura fundamental que complementa la del protagonista, con la que constituye el máximo y natural contraste, en la más natural y poderosa técnica de paralelismo. Sancho, escudero del loco caballero andante, es un pueblerino lleno de fe y también de astucia, de materialismo y de bondad, de ambición ingenua y dequijotesancho2 sentido común. Nace necesariamente para contener y refutar la fantasía desviada de su señor. En la primera salida, en la que don Quijote va solo, nos damos cuenta de que a su lado falta una figura que le relacione con la verdadera realidad de las cosas y le ofrezca su simpática compañía. Es necesario el escudero, que a partir de la segunda salida acompañará en todo momento a don Quijote. En adelante Sancho se halla en un constante “devenir” con respecto a su figura física, como si el pensamiento cervantino aún no la tuviera precisada. Así, en el episodio del vizcaíno, le llama “Sancho Zancas”, o piernas largas, mostrándolo muy diferente del tipo que más adelante se perfilará, esto es, de aquella “personilla” baja y barriguda que fue captada por los pintores y grabadores modernos, y que verdaderamente corresponde mejor a su restringido campo psicológico y a sus reacciones vitales.

Del mismo modo existe indecisión en cuanto a los nombres que se dan a su esposa, entre los cuales se impone el de Teresa Panza en la segunda parte de la obra. Sancho Panza ha venido a convertirse en el signo del materialismo, en contraste con el idealismo de don Quijote, aunque, al igual que el caballero, conviene advertir que se trata de un carácter humano y no abstracto, y por lo tanto dotado de una gama de matices concretos que no pueden encerrarse en la mecánica de un arquetipo. Contra los típicos personajes de la novela picaresca, aquí se nos describe a un Sancho, hombre del pueblo, infantil y egoísta, pero a la vez leal, y, a pesar de su especial escepticismo, confiado en los sueños de su señor.

En su perfecta realización humana, Sancho cumple una función trascendental. Observando por ejemplo el episodio ejemplar de los molinos de viento, nos podemos dar cuenta de que Sancho capta la apariencia y la impresión de las cosas mientras su buen sentido le lleva a no separar la apariencia del fundamento real, aunque luego siempre creerá en la promesa de la ínsula, y cuando para diversión de los duques le vemos transformado en gobernador de Barataria, a lo largo de algunos sabrosos capítulos él es el auténtico protagonista de la novela, hasta el punto que dura ese episodio. Así es lógico que en muchas ocasiones se haya interpretado a Sancho como una transposición de don Quijote a un tono distinto. Ambos, el intelectual señor y el empírico escudero, pierden al soplo de una ilusión el equilibrio de su vivir y de su penar. La ínsula es para Sancho lo que Dulcinea es para don Quijote.

En la compleja concepción cervantina, todo el mundo de la época se reagrupa en torno a las dos figuras del libro. En la España caballeresca de los siglos XVI y XVII, existían dos tipos de hombres que se lanzaban al inmenso campo de batalla de la colonización de Europa y América: los españoles que combatían por una idea y los que simplemente buscaban un modo de lucro o de mando. Sancho, al encarnar esta segunda forma de ambición, nos brinda la lección de la inutilidad de su gobierno en Barataria, precisamente por las excelentes pruebas de capacidad política y de buen sentido que nos da y que se quiebran ante el desdén de la camarilla del duque, que no llega a comprender el auténtico fervor del pueblo ante las primitivas e ingeniosas sentencias del pacífico Sancho, merecedoras en algunos casos de la calificación de salomónicas. Ante esto el lector sin perjuicios se pone a favor de los ideales de don Quijote, aunque reconoce también la noble actitud de Sancho como gobernador.

Uno de los tópicos más frecuentes al definir las figuras cervantinas es el de considerar al escudero como un cobarde. Sin embargo, lo viril de sus acciones queda patente en su pelea con el cabrero, en el episodio del loco Cardenio en Sierra Morena, y en algún otro pasaje. No se puede negar por otra parte que Sancho no comprende el afán de la lucha por la lucha que mueve a su señor, ni las cosas de caballerías. Como auténtico hombre del pueblo, sentirá mucho temor ante todo lo sobrenatural. Sancho encarna rudamente la virtud de la prudencia, pero no la tara de la cobardía.

El afecto y lealtad de Sancho por don Quijote se manifiestan en momentos como aquel de la Segunda Parte en que hablando con el escudero del Caballero de los Espejos dice: “No hace mal a nadie, sino bien a todos, ni tiene malicia alguna; un niño le hará entender que es de noche en la mitad del día; y por esa sencillez le quiero como a las telas de mi corazón, y no me amaño a dejarle por más disparates que haga”. Tampoco hay que olvidar, por otro lado, que en la concepción cervantina, siempre cargada de humorismo, Sancho desempeña un papel muy semejante al del típico gracioso de la obra, dentro del fundamento humano de la novela. De hecho muchos de los rasgos caricaturescos que han contribuido a que se le tachara de “villanía” vienen por el contraste cómico, como son el miedo de Sancho ante los batanes, episodio en el cual se unen el misterio y el más grotesco realismo. También es una caricatura don Quijote, cuyos deseos idealistas le exaltan hasta la estilizada cumbre de los sueños señoriales del espíritu, a menudo más allá incluso de las propias intenciones del propio autor. Pero no hay que temer que se mecanice en las maneras de los graciosos de las comedias. Tanto Sancho Panza como su amo, no viene a darnos una lección de estética o de moral, ni a seguir las imposiciones de una moda, existe porque su humanidad llena de desigualdades, sus expresivas salidas y la gracia de sus intervenciones en la acción viven su vida dentro del más sencillo y mejor modelo de arte. También hay que señalar la riqueza del lenguaje popular de Sancho, especialmente en sus proverbios, ensartándolos con suma gracia ante la irritación que su modo de hablar provoca en don Quijote, y aquella intuición popular de profunda visión del mundo tan adecuada a un hombre sin letras, son el lado más encantador de su tipo y del libro.

Pero también puede añadirse que el humano sentimiento de Sancho al darse cuenta de que don Quijote, tras recobrar la cordura, se aproxima a la muerte, se manifiesta precisamente en la insistencia con que entonces vuelve a recordar a su amo sus sueños caballerescos, siendo por ello falsa la actitud de Sancho ante la muerte de don Quijote, como es falsa su actitud triste en todo el drama de Dulcinea. En tiempo de Cervantes, tampoco lo comprendió Avellaneda, que sólo supo ver en Sancho un aspecto brutal y negro, contra el cual el Sancho auténtico reaccionó en la Segunda Parte cervantina.

DULCINEA

Nombre literario de la dama de los pensamientos de Don Quijote en la inmortal novela. Actualmente es el símbolo o mito literario de la mujer ideal tal como el poeta o el enamorado, aunque sea partiendo de un ser real, tal vez el más prosaico y cotidiano, la configura en sus sueños. La inefable validez poética del concepto de Dulcinea reside en el hecho de que el propio Cervantes deje su figura en una misteriosa penumbra respecto a su auténtica realidad. Cuando Don Quijote se decide a salir de su aldea y emprender las aventuras propias de un caballero errante, al reflexionar sobre la necesidad de una dama ideal, “porque el caballero… sin amores era árbol sin hojas y sin fruto, y cuerpo sin alma”, quiere, como Amadís de Gaula respecto a Oriana, elegir a una señora a cuyos pies pueda poner los triunfos y trofeos de sus victorias, y a tal efecto piensa “que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque según se entiende, ella jamás lo supo”. Se llamaba Aldonza Lorenzo, pero el caballero trocó su nombre por el poético de Dulcinea, apellidándola “del Toboso” por ser éste su lugar. Pero a través de la obra veremos como la Dulcinea de sus sueños era sobre todo un “ser ideal”. Aunque se citen los nombres de sus padres, Lorenzo Corchuelo y Aldonza Nogales, grotescos de la aldea, a la “sayagüesa”, Don Quijote, al terminar sus alambicadas alabanzas, dice a Sancho Panza: “Me imagino que todo cuanto digo sea así, sin poner ni quitar nada, y la pinté en mi imaginación como la deseo, lo mismo por su belleza que por su nacimiento”; y en la Segunda Parte de la novela dice significativamente a la duquesa: “Dios sabe si Dulcinea existe o no en el mundo y si es fantástica o no; pero éstas no son cosas que deban apurarse hasta el fondo…”. Su amor, afirma, ha sido puramente platónico “sin ir más allá de una sencilla mirada”. A su vez Sancho, que dice conocerla, la transforma según los rasgos domésticos y triviales de su propio carácter: recia y de gruesa voz, con la cabeza en su sitio y bien hecha, nada melindrosa y dispuesta a reír de todo y de tomarlo todo a chanza.

Cuando Sancho finge a su señor haber llevado una carta a Dulcinea, el novelista intuye el doble plano de las dos realidades de ese personaje, según sea imaginado por el caballero o por el escudero, ya que en realidad ninguno de los dos había visto la escena que comenta; pues tampoco Sancho había ido aquella vez al Toboso. Don Quijote imagina a su dama ensartando perlas o bordando en oro; Sancho inventa haberla visto “ahechando dos fanegas de trigo en un corral de su casa”. Para Don Quijote los granos de trigo, al ser tocados por su mano, se convertían en perlas, y cuando Sancho afirma que exhalaba un olor algo hombruno, Don Quijote le responde profundamente: “Te debiste oler a ti mismo”. la visita al Toboso, de noche en busca de la casa de Dulcinea, tiene el mismo hechizo de la doble verdad, y cuando, a la mañana siguiente, Sancho, como auténtico pícaro, finge ante dos vulgares campesinas el encantamiento de Dulcinea, el episodio se enriquece con un nuevo aspecto de humorismo y dolor. Dulcinea es, pues, a través de todo el libro – y sólo se disuelve en la niebla del desengaño ante el umbral de la muerte – el símbolo de la gloria a que debe sacrificarse un caballero errante, y una creencia firme como la fe. Lo importante es – viene a decir Don Quijote a los mercaderes toledanos – que sin verla debéis creer, confesar, asegurar, jurar y confirmar; pero al mismo tiempo es también la mujer de carne y hueso de la que el viejo Don Quijote se enamoró. Unamuno vio profundamente que todo el heroísmo de Don Quijote nace de ese amor a una mujer. Don Quijote se dijo siembre enamorado de la especie “de los castos y continentes”, y si perpetuó en su amada en “empresas del espíritu” “se lanzó al mundo – añade Unamuno – a la conquista de glorias y lauros para ir después a depositarlo a los pies de su amada”. A través de la obsesión del desencanto de Dulcinea nacen las dos figuras: la ideal o perfecta y la dolorosamente encantada, como símbolo del choque entre la perfección soñada y la dura realidad. Es sumamente significativo que en un sueño caballeresco, narrado junto a la Gruta de Montesinos, Don Quijote mezcle a fantasías medievales el tema de su pobreza de hidalgo miserable y el tema de la villana Dulcinea encantada. Ricardo Rojas observa que, del mismo modo que en varios cuadros de Velázquez junto al tema central aparece otro reflejado en un espejo, también en la novela “dentro de la realidad… vemos otras imágenes ilusorias reflejadas en el espejo de la fantasía del héroe, tales como la efigie de Dulcinea”. En Dulcinea, más “esencial” que Melibea, Julieta o Margarita, precisamente por la misma imprecisión de sus contornos literarios, Cervantes intuyó la más bella entelequia de mujer ideal. Las interpretaciones esotéricas del Quijote en el siglo XIX lograron hallar en ella las más insólitas significaciones. El simbolismo filosófico creyó ver en Dulcinea “el alma objetiva de Don Quijote”, y en otras interpretaciones sectarias se quiso hacer de ella la sátira del culto a la Virgen o aun de todas las verdades de la fe católica, según una postura hoy completamente abandonada. Nuestro siglo tiende a rebajar el nivel real de Dulcinea, llegando incluso a confundirlo con el tipo de Maritornes, aparte de su fealdad, como en la película, por lo demás notable, en que Don Quijote fue representado por el famoso bajo Chaliapine; concepción ésta arbitraria y vulgar, ni más ni menos que la “vivificación del Quijote” en el contemporáneo drama efectista Dulcinea de Gaston Baty (n. en 188), del que se ha tomado un film español interpretado por Ana Mariscal. La misma imprecisión que constituye el secreto de la Dulcinea de Cervantes condenó fatalmente al fracaso las imitaciones que pretenden definir con líneas, palabras o imágenes un mito inefable que sólo se puede vislumbrar en las palabras a veces paradójicas del propio Don Quijote.

El lenguaje en el Quijote – Los diálogos

Los diálogos en el Quijote se pueden clasificar desde distintos puntos de vista:

I.- En cuanto a los personajes: En cuanto a los personajes, destaca por su importancia el diálogo central entre don Quijote y Sancho, que forma el eje argumental de la novela. Su característica fundamental es la naturalidad, la serenidad de tono, el lenguaje fluido y el estilo coloquial.

Este diálogo entre don Quijote y Sancho cumple varias funciones dentro de la obra. En primer lugar desempeña una clara función narrativa, pues sustituye al narrador en muchas descripciones y en el desarrollo del argumento. También sirve a los protagonistas para intercambiar opiniones (sobre todo acerca de los que atañe a la caballería andante) y para hacer comentarios acerca de otros sucesos. Además es un importante instrumento para la caracterización de los personajes (por autodefinición, por los comentarios que hacen acerca de otros sucesos, por lo que dicen el uno del otro) y también informa acerca de la evolución psicológica de los mismos (lenta metamorfosis de “loco” en “cuerdo” y de “sandio” en “discreto”). Tampoco se puede olvidar la importancia del diálogo central como elemento estructurador de la novela (las aventuras perderían gran parte de su valor sin los diálogos precedentes y subsiguientes). Finalmente, todos ellos tienen un claro valor humorístico, que recae fundamentalmente sobre el personaje de Sancho.

El resto de los diálogos entre terceros personajes, sobre todo en ausencia de don Quijote y Sancho, son menos importantes y suele tener una función puntual en el desarrollo de la obra.

II.- En cuanto al tema
En cuanto al tema, los que más abundan son los diálogos de tipo caballeresco. Los hay de dos tipos:
1. Don Quijote alecciona a Sancho en estilo coloquial acerca de todo lo relativo a la caballería andante. Como Sancho lo desconoce todo, al principio acepta las explicaciones de su amo. Pero con el paso del tiempo chocan cada vez más ambos puntos de vista. Don Quijote representa la perspectiva ideal-caballeresca y Sancho una perspectiva basada en el conocimiento y observación de la realidad y en su experiencia. La parodia surge de presentar fuera de contexto los elementos relativos a los caballeros y degradar el paradigma caballeresco refieriéndolo a la vida cotidiana.

2. Se crean situaciones análogas a las de los libros de caballerías y se habla como en ellos. Se imita tanto el contenido como el estilo de los libros de caballerías. En este punto radica la parodia. A partir de los tópicos caballerescos se crean situaciones paródicas. Se utiliza un lenguaje grandilocuente y altisonante, que es utilizado por don Quijote en las aventuras andantes y por otros personajes en las aventuras fingidas.
Siguiendo con la clasificación temática, encontramos también unos diálogos, en los que don Quijote u otros personajes ofrecen su visión del mundo sobre temas de alcance social, de contenido literario, político. Estos diálogos no aportan nada a la progresión argumental de la obra.

2 comentarios »

  1. Esto es lo máxima que nos pudo haber pasado, interesantísimo. RE TOP

    Comentario por Toti — enero 9, 2009 @ 10:22 am | Responder

  2. Me alegra, Toti, que te sirva… Ese es el objetivo… pero todavía falta mucho… recién estoy aprendiendo…
    Un abrazo

    Comentario por Profesor Miguel Rodríguez - Mail: m_jaritz@hotmail.com — enero 12, 2009 @ 9:34 pm | Responder


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