Literatura Extranjera

noviembre 15, 2008

Universalidad de la Épica

Filed under: Mester de Juglaría — Miguel Gabriel Rodriguez Jaritz @ 5:06 pm

Las hazañas de los antepasados, las victorias del propio pueblo y las guerras contra vecinos u opresores; que encomia el roland1valor de los héroes muertos gallardamente, y que narra traiciones, venganzas y luchas internas. Es tarea difícil trazar un inventario de la poesía heroica universal, en el que entrarían obras aparentemente tan diversas como los poemas griegos Iliada y Odisea, el asiático Gilgamesh (conservado en fragmentos babilónicos, hititas y asirios), los ugariticos Aqhat y Keret, el germánico Hildebrand, los anglosajones Beowulf Maldon, Brunanburth, etc., los Edd. En las más distintas y alejadas culturas ha existido o existe todavía una poesía tradicional que celebrar.
En Asia, los poemas de los caucasianos, armenios y osetas, los de los calmucos, uzbekos y kara-kirguiz; los de los vacutos y los ribereños del Liena, en Siberia; los de los pobladores del oeste de Sumatra y de la islajaponesa de Hokkaidó; los de algunas tribus de Arabia. Y en África se han hallado muestras de poesía bélica en Sudán. Escandinavos, el francés Cantar de Roldán y el castellano Cantar del Cid. Tendría que entrar también en este inventario la poesía heroica que ha vivido oralmente y ha sido recogida desde hace siglo y medio en diversos países, en muchos de los cuales conserva su vitalidad. Se trata de poemas tradicionales de Rusia, sobre todo los localizados en las remotas regiones del lago Onega y del mar Blanco, de Ucrania. de Bulgaria, de Yugoslavia (tanto de cristianos como de mahometanos), de Albania, de Grecia, de Estonia. por lo que se refiere a Europa. 
 

Examinando poemas tan diversos y que vivieron o viven en culturas totalmente incomunicadas entre si y distanciadas tanto geográficamente Como Cronológicamente. se llega a la impresionante conclusión de que hay, entre ellas similitudes y paralelismos, sea en cuanto a la transmisión o procedimientos de recitado o canto divulgativo, sea en cuanto a la técnica narrativa, incluso en lo que se refiere a la utilización de fórmulas épicas fijas o rasgos expresivos o estilísticos muy concretos. Sorprende ver reaparecer un mismo fenómeno en la poesía homérica, en el Gilgamesh, en el Beowulf, en el Cantar del Cid entre los cantos siberianos, armenios o yugoslavos, sin que exista la menor probabilidad de relación directa entre tan diversas manifestaciones de la epopeya. Ello nos hace comprender que el arte tradicional tiene una técnica especial y propia, y obliga a considerar los poemas épicos tradicionales como algo totalmente distinto de lo surgido de la creación literaria individual y docta v a estar dispuestos a admitir, en principio, la universalidad de un tipo de narración poética que vive descubierta o en estado latente siglos y siglos.

La epopeya ibérica.

 

Si limitamos la consideración de esta universalidad de la epopeya en primer lugar a la península Ibérica, no hemos de recurrir a conjeturas e hipótesis para poner de relieve que desde los tiempos más remotos a los que el historiador puede remontarse documentalmente se han oído en nuestras tierras cantos de carácter heroico.

Estrabón, que escribía a principios de nuestra era, dice de los turdetanos que son los mas cultos de los iberos, pues no tan sólo conocen la escritura v poseen escritos de antigua memoria, sino también «poemas y leyes en verso, que, según dicen, tienen seis mil años». De esta cita interesa destacar la existencia de poemas entre los pobladores prerromanos de España, que les atribuían una remotísima antigüedad, aunque lo de los seis mil años sea una exageración. Tal vez ilumina un poco sobre el género de tan antiguos cantos otro pasaje del mismo Estrabón, donde dice que era tal el loco heroísmo de los Cántabros, que, habiendo sido crucificados, algunos de ellos murieron entonando himnos de victoria.

Según Posidonio (160-130 a. de J.C.), en pasaje recogido por Diodoro, los lusitanos, cuando combaten, avanzan con movimientos rítmicos «y cantan peanes cuando atacan a sus enemigos».

Que entre los celtíberos existió una epopeya que celebraba en forma cantada los hechos gloriosos de los antepasados se desprende de un pasaje de Salustio, en el que dice que «las madres rememoraban las hazañas guerreras de sus antepasados a los hombres que se aprestaban a la guerra o al saqueo, donde cantaban los valerosos hechos de aquéllos». Silio Itálico, en su poema épico sobre las guerras púnicas, al referirse a los jóvenes guerreros de Galicia que formaban en el ejército de Aníbal, dice que solían hacer resonar sus escudos al propio tiempo que herían acompasadamente el suelo con los pies y que «vociferaban bárbaros cantos en su lengua nativa»; y más adelante, al narrar la batalla de Cannas, cuenta que Paulo Emilio atacó e hirió mortalmente a un Viriathus cuando éste, según la costumbre de los iberos, entonaba cantos bárbaros golpeando al propio tiempo su escudo.

Escasas, aunque determinantes, son, pues, las noticias que tenemos sobre esta primitiva epopeya ibérica, pero suficientes para dejar bien demostrada su existencia. Era una poesía belicosa, propia para entonar en la lucha y en trance de muerte, y que rememoraba hazañas de antiguos guerreros. Compuesta en las primitivas lenguas de la Península, se perdió cuando se perdieron éstas, y seria vano empeño querer ver en ella un viejo sustrato de la épica en romance de siglos posteriores. Lo que importa es señalar que antes que en las escuelas imperiales de Hispania los maestros hicieran leer a los jóvenes celtíberos versos de Virgilio ya allí se habían oído, en verso bárbaro, cantos guerreros.

También los galos tuvieron poesía heroica, y los poetas, o bardos, constituyeron entre ellos una casta privilegiada, como se deduce del testimonio de autores griegos y latinos, principalmente de este pasaje de la Farsalia de Lucano: «Vosotros también, poéticos bardos, que con vuestras alabanzas lográis hacer inmortales las almas de los valientes caídos en la guerra, habéis divulgado sin temor innumerables cantos.»

La primitiva epopeya germánica

Gracias a Tácito disponemos de noticias sobre la primitiva epopeya de los pueblos germánicos: afirma que los «antiguos cánticos» son su única forma de crónica o historia, y da noticia muy esquemática de algunos de los temas mitológicos e históricos que en ellos celebraban; y refiriéndose a un dios o héroe de tipo belicoso, parecido a Hércules, hace constar que «cuando van a entrar en combate lo ensalzan en sus cantos como el más valiente entre los valientes», y añade que «tienen también otros cantos, con cuya entonación, que llaman baritum, enardecen los ánimos, y con el mismo canto predicen la suerte de la próxima lucha»; y al tratar del príncipe Arminius (que vivió entre el año 18 a. de J.C. y 16 de nuestra era) dice que en su tiempo todavía es cantado.

Estas y otras indicaciones sobre el canto de los germanos, que de hecho no ilustran más que las que hemos recogido referidas a los iberos, se complementan gracias a las que a mediados del siglo vi ofrece el historiador godo Jordanes en sus Getica. Refiere leyendas y viejas tradiciones de su pueblo y cita y otorga fe a antiguos cantos (prisco carmina) que le suministran noticias que no halla en fuentes escritas. Estos cantos, que tanto el citado Jordanes como Amiano Marcelino llaman maiorum laudes o maiorum facto («elogios de los antepasados» o «hechos de los antepasados»), eran entonados en las provincias occidentales del Imperio por los visigodos antes de entrar en combate o para elogiar en la corte a los héroes antiguos.

La epopeya y los visigodos

La extensión de los visigodos por España, aunque fue paulatina y no supuso una invasión en masa, hizo llegar, sin duda alguna, la epopeya germánica a la península Ibérica. Ello parece lógico por lo que se refiere a los ambientes áulicos o de las clases dominantes, donde realmente había visigodos y donde el recuerdo de los antepasados germánicos podía envanecer el orgullo de raza. Así se explica que San Isidoro de Sevilla, al escribir entre los años 612 y 621 su breve tratado lnstitutionum disciplinae y trazar un plan educativo de los jóvenes de noble nacimiento, los exhorte, entre otras cosas, a cantar al son de la cítara gravemente y con suavidad no cantares amatorios y torpes, sino los cantos de los antepasados (carmina maiorum), «por los cuales se sientan los oyentes estimulados a la gloria». Estos viejos cantos épicos germánicos sólo podían conmover a la aristocracia goda, que era la minoría dirigente de la Hispania de aquel tiempo; el pueblo, a pesar de su romanización, preferiría, si aún los recordaba, aquellos viejos cantos ibéricos que versaban sobre las hazañas guerreras de sus antepasados (parentum facinora), de que habla Salustio. Dentro de este terreno, en el que caben tantas hipótesis temerarias y conjeturas peligrosas, es posible suponer que la épica germánica, en alguna forma recordada y mantenida en la corte visigótica, pudiera haber dado nueva vida a la primitiva épica ibérica, pues el pueblo siempre aspira a tomar algo de la corte.

Dadas la universalidad y la constancia del canto heroico, cabe suponer que en Hispania, durante la época visigótica, hubo epopeya, género que no era nuevo ni extraño para la población indígena y estable ni para la minoría goda recién llegada y dominadora. Sería absurdo poner en duda la existencia de una antigua épica germánica después del testimonio de Tácito, de Jordanes y de otros, y de la cual encontramos nuevas referencias a principios del siglo IX, cuando Carlomagno, según el seguro testimonio de su biógrafo Eginhardo, «hizo transcribir, para que no se perdiera su recuerdo, los bárbaros y viejos cantos donde se cantaban los hechos de las guerras de los antiguos reyes», noticia importante, que demuestra que hubo un momento en que los cantos germánicos, por esencia orales, hallaron la posibilidad de conservarse al ser puestos en escritura.

No hemos de creer que los visigodos llegaran a Hispania sin el orgullo de estos viejos cantos, que conservarían celosamente como una reliquia de su patria lejana, del mismo modo que los sefarditas del norte de África y de Oriente guardan como un tesoro el romancero castellano al cabo de cuatro siglos y medio de haber sido expulsados de España. Pero conviene advertir que estas consideraciones no deben conducirnos a una arriesgada y muy hipotética vinculación de estos cantos germánicos afincados en España con las gestas castellanas, que sólo conocemos directamente a partir del siglo XII. Si en la epopeya castellana hay elementos germánicos, como ocurre con más intensidad en la francesa, no es preciso explicar esta influencia o este sustrato exclusivamente como una derivación de la épica germánica que se podía conocer en Occidente en el siglo IX.

 

La epopeya cristiana

Hay que tener bien presente que la epopeya románica, que es posible que en Francia tenga unos orígenes carolingios, no adquirió su esencial fisonomía ni su buscada intencionalidad hasta que se presentó como el canto del cristianismo contra el mahometismo invasor. La invasión y ocupación de tierras cristianas por los árabes no produjo una renovación en el canto épico, ni dejó huellas decisivas en los cantares de gesta franceses o castellanos, y no convencen los intentos hechos en pro de esta influencia. La invasión árabe remozó la epopeya al suscitar un nuevo ambiente guerrero: la lucha de los cristianos contra los sarracenos, situada en España, desde el Cantar de Roldán hasta las gestas castellanas. Y así la técnica y el espíritu de la epopeya primitiva se renuevan y adquieren nuevo vigor y nuevo sentido. La guerra se hace fronteriza y se convierte en asunto vital porque en ella se interfiere la diferencia de religión, lo que da a la epopeya románica medieval un acusado sentido cristiano.


José María Valverde Pacheco y Martín de Riquer

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